A ceder sumisión con premura,
cual sirena al canto condena,
a una ilusión sin censura
¡Oh, salve Majestuosa Helena!
A un basto torrente de emociones
lo sútil de su palabra conduce,
con dócil susurro de canciones
tal cual uno más al mismo Deo seduce.
Ahora el plebeyo se disculpa,
ya que fue en su integridad fue presa;
una sinople mirada exculpa,
reiterando firme su promesa.
Cautivo a su belleza única,
con polvo de estrellas ha tejido
radiante y sempiterna túnica,
pereciendo así su cometido.
lunes, 7 de abril de 2008
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