Voy andando la vida
sin prisa ni agonía.
Voy mirando seres:
algunos hermanos, algunos distantes.
Y voy siguiendo la pista
de una ruta vacía.
De pronto estoy inmerso
en palabras ajenas;
que nada dicen,
pero retumban tan fuerte.
De repente, un timbre se oye.
Nadie se calla, nadie responde.
Agudo timbre vuelve a sonar;
la muchedumbre empieza a gritar.
Yo, pasmado, solo lo escucho,
y se oye tu voz.
En el aire, tu nombre
del agobio me libra.
Tus frases me alientan,
mi atención alimentan.
Pero letras de reproche
claman mi conducta.
Persuades mi actitud
con derroche de razón.
Exiges mi presencia,
denotas convicción;
sabes lo que quieres,
despiertas mi emoción.
Ordenas diligencia
pues el momento se escapa.
Y yo, vasallo de ti,
apuesto a seguir:
no la cadencia del tiempo,
sino la armonía del deseo;
el querer ser
quien despunte del hábito
con un solo fin:
escoltar mi voz interior.
jueves, 3 de abril de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario